Creo que yo actué distinto. No sé, por lo menos ella se enteró de mi noviazgo con esta mujer a través de algún comentario genuinamente casual de otra de las chicas, y no a través de mis gritos rimbombantes. Que fuese de ese modo significó para mi una modesta victoria, un galardón de dignidad, o algo por el estilo. Por supuesto que me agradó que se enterase, aunque me desilusionó un poco que su expresión no cambiara. Yo esperaba algo, un gesto de contrariedad, aunque fuera ínfimo, fugaz. Que una sombra de melancolía le cruzase la cara.
Yo no me había puesto de novio para lastimar a aquella mujer. No soy tan despreciable como para eso. Yo me había enamorado realmente. Seamos precisos: me había enamorado de esta chica todo lo que me lo permitía el agujero sin fondo que el adiós de aquella me había abierto en el alma. A esta yo podría ofrecerle... no sé si las sobras, diría más bien los despojos de esa alma. Ella lo sabía porque se lo había aclarado de entrada. Y creo que lo aceptaba. ¿Acaso no tenía ella sus propias cicatrices? Y no vivíamos hablando de eso, claro. Ella sabía, en todo caso, de mi corazón mutilado.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
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