sábado, 29 de noviembre de 2008

Aráoz saluda con una inclinación de cabeza a la cajera, que le devuelve un "hola" que suena nasal y apocopado. Es china, como todos los que trabajan en ese mercadito. Son una familia completa: el padre, la madre y tres hijos. Ella es la mayor de los tres. Luego vienen un varón y otra mujer. Aráoz no lo sabe por haberlo preguntado. Leticia se lo contó, durante una de las ultimas cenas que compartieron.

Aráoz se pregunta si seguirán siendo los mismos. Y si continuarán trabajando todos allí: el padre, la madre y los tres hermanos. Si se habrá agregado algún yerno, o si algunos de los hijos habrá partido. Es probable que ninguno se haya ido, aunque alguna vez ocurrirá, y cuando suceda Aráoz no va a enterarse, por qué tampoco va a preguntar. Y no solo por su timidez, sino como un modo de dejar el universo lo más parecido a como era cuando Leticia estaba. Tal vez por eso mismo jamás toca las cortinas. Ni las persianas.

viernes, 28 de noviembre de 2008

En realidad Aráoz sabe que no es el sol el que se mueve. No es el sol el que avanza por la pared opuesta a la ventana, sino la Tierra la que rota. De todas maneras no entiende por qué en el crepúsculo el traslado de la luz se hace mas rápido. Astronomía. No sabe nada de astronomía. ¿O es la física la que se ocupa de explicar ese asunto? ¿O la astronomía es una rama de la física? Da igual. No sabe nada ni de una ni de la otra.
Todo los días ocurre, con el sol, lo mismo. Salvo cuando llueve, claro. Pero en esos seis meses en los que Aráoz permanece tirado en su cama, en Rosario llueve poco.
Una sola vez llueve torrencialmente. Una tarde. Y Aráoz, mientras fuma, ve las gotas oblicuas, unas chocando contra el vidrio, y otras entrando por la ranura que deja la hoja a medio abrir de la ventana. Las gotas que se estrellan en la alfombra, en las sábanas, en sus piernas extendidas. Pero los días siguientes son soleados y secos y el colchón se seca relativamente pronto.
A veces piensa Aráoz que, si corre las cortinas o cierra la persiana por lo menos hasta la mitad, la luz del sol se verá obligada a seguir otros caminos, y tal vez el tiempo se suelte de esa trama redundante en la que se ha enredado como en una trampa. Pero en el fondo Aráoz sabe que no va a hacer nada, ni con las cortinas ni con las persianas. Primero porque lo tiene muy sin cuidado lo que el tiempo haga o deje de hacer, y segundo porque así, las cortinas descorridas, la persiana alta, quedó todo cuando Leticia.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Desde las cuatro los rayos amarillos gobiernan también la cama de dos plazas, las sábanas arrugadas, el cuerpo de Aráoz tendido de cualquier modo, el humo sucesivo de todos los cigarrillos que lleva pitados desde que abrió los ojos después de ese sueño breve al que termina por conducirlo menos la naturaleza que la fuerza de voluntad. Ese sueño que consigue recién a la madrugada y que está hecho de sobresaltos y terrores sin resolver.
A última hora de la tarde el sol gana la pared opuesta a la ventana. El dormitorio entero (porque las cortinas están siempre descorridas y la persiana abierta hasta el tope) se llena de luz como si se tratara del interior de un horno de barro repleto de brasas anaranjadas. Es una luz extraña, que parece entrar en combustión con la nube densa y oscura que forma el humo de cada uno de los cigarrillos que Aráoz ha encendido desde las diez en adelante y que a esa hora superan holgadamente la treintena. A veces Aráoz al atardecer mira a su alrededor y se le ocurre pensar que su cama es como un muelle perdido en un mar de niebla ácida, penetrada de repente por la luz tangente del fanal de un barco perdido. Pero solo a veces piensa eso, porque en general no se distrae y se mantiene pensando siempre en lo mismo. Siempre en Leticia.