En realidad Aráoz sabe que no es el sol el que se mueve. No es el sol el que avanza por la pared opuesta a la ventana, sino la Tierra la que rota. De todas maneras no entiende por qué en el crepúsculo el traslado de la luz se hace mas rápido. Astronomía. No sabe nada de astronomía. ¿O es la física la que se ocupa de explicar ese asunto? ¿O la astronomía es una rama de la física? Da igual. No sabe nada ni de una ni de la otra.
Todo los días ocurre, con el sol, lo mismo. Salvo cuando llueve, claro. Pero en esos seis meses en los que Aráoz permanece tirado en su cama, en Rosario llueve poco.
Una sola vez llueve torrencialmente. Una tarde. Y Aráoz, mientras fuma, ve las gotas oblicuas, unas chocando contra el vidrio, y otras entrando por la ranura que deja la hoja a medio abrir de la ventana. Las gotas que se estrellan en la alfombra, en las sábanas, en sus piernas extendidas. Pero los días siguientes son soleados y secos y el colchón se seca relativamente pronto.
A veces piensa Aráoz que, si corre las cortinas o cierra la persiana por lo menos hasta la mitad, la luz del sol se verá obligada a seguir otros caminos, y tal vez el tiempo se suelte de esa trama redundante en la que se ha enredado como en una trampa. Pero en el fondo Aráoz sabe que no va a hacer nada, ni con las cortinas ni con las persianas. Primero porque lo tiene muy sin cuidado lo que el tiempo haga o deje de hacer, y segundo porque así, las cortinas descorridas, la persiana alta, quedó todo cuando Leticia.
viernes, 28 de noviembre de 2008
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