jueves, 27 de noviembre de 2008

Desde las cuatro los rayos amarillos gobiernan también la cama de dos plazas, las sábanas arrugadas, el cuerpo de Aráoz tendido de cualquier modo, el humo sucesivo de todos los cigarrillos que lleva pitados desde que abrió los ojos después de ese sueño breve al que termina por conducirlo menos la naturaleza que la fuerza de voluntad. Ese sueño que consigue recién a la madrugada y que está hecho de sobresaltos y terrores sin resolver.
A última hora de la tarde el sol gana la pared opuesta a la ventana. El dormitorio entero (porque las cortinas están siempre descorridas y la persiana abierta hasta el tope) se llena de luz como si se tratara del interior de un horno de barro repleto de brasas anaranjadas. Es una luz extraña, que parece entrar en combustión con la nube densa y oscura que forma el humo de cada uno de los cigarrillos que Aráoz ha encendido desde las diez en adelante y que a esa hora superan holgadamente la treintena. A veces Aráoz al atardecer mira a su alrededor y se le ocurre pensar que su cama es como un muelle perdido en un mar de niebla ácida, penetrada de repente por la luz tangente del fanal de un barco perdido. Pero solo a veces piensa eso, porque en general no se distrae y se mantiene pensando siempre en lo mismo. Siempre en Leticia.

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